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  1. Cuarenta y seis

    23 junio 2013

    Dice un amigo mío que no lo que no hayas hecho antes de los cuarenta y cinco ya no lo harás el resto de tu vida.

    Espero que esté equivocado, porque acabo de cumplir cuarenta y seis y tengo, mas que nunca, la carpeta llena de proyectos a medio hacer, pendientes a corto plazo y pendientes a largo plazo. Proyectos de futuro que de una forma u otra, poco a poco, irán tomando forma y algunos verán la luz y otros, simplemente, se quedarán donde están.

    Hace mucho tiempo, exactamente 18 años, en los que decidí dar un giro a mi vida. Recién casado, con casa nueva, coche nuevo y vida nueva yo era un estúpido al que no se le podía ni mirar a la cara. Un tipo de mirada altiva al que no le gustaba relacionarse con la gente. El primer año de mi matrimonio lo pasé sin pena ni gloria en mi nuevo barrio con mi habitual cara de pocos amigos paseando e intentando pasar inadvertido entre los vecinos.

    Recuerdo aquella tarde como si fuese hoy mismo, el destino te pone las cartas, y si no las juegas te las pone boca arriba para que veas bien como vas a perder la partida.

    Manuela se llamaba la pobre, ya murió, la mas buena del barrio. Siempre tenía un momento para todos. Al cruzar el portal la puerta no cerró del todo y entre ella que no se dió cuenta y yo que me detuve a mirar el correo en el buzón pude escuchar su voz como le decía a otra vecina: "que pena, con lo buena que es María Jesús y se ha ido a casar con este antipático".
    El cielo, con todo lo que tiene dentro, se me vino encima en aquel momento. No me podía estar pasando aquello. A mí, que me sentía envidiado por mi posición. A mí, con trabajo, con futuro. No podía ser.

    Como decía, el destino te pone en tu sitio antes o después. Y a mí me tocó ese día. Y pensé, y medité, y me dí cuenta que en vez de ser envidiado era despreciado por mi forma de ser. Desde aquel día, al pasar por la calle donde vivía sentía las miradas de mis vecinos clavadas en mi espalda diciendo "mira el antipático".

    Y seguí pensando, retrocedí a mi infancia donde tenía amigos a ver donde estaba el punto de inflexión que me volvió un antipático. Y no lo encontré. Así que, lejos de derrotarme, me armé de valor y dejando de lado la vergüenza decidí que era el momento de cambiar, o por lo menos intentarlo, para que la gente que ahora me rodeaba no pensará de mí aquello.

    Poco a poco, lentamente, día a día, fui intentando entablar esquivas conversaciones con el vecindario. Entré en el bar a mezclarme con los parroquianos, intenté hacer amigos o, por lo menos, quitarme el estigma de "el antipático". O por lo menos, morir en el intento.
    Seis años mas pasaron. El día que me mudé a mi nueva casa mis convecinos me hicieron una fiesta por todo lo alto para despedirme. Tan hondo me llegó que aquella noche lloramos juntos mi marcha.
    Mis vecinos de mi antiguo barrio pasaron de verme como un antipático a verme como la persona que siempre fui. Como dijo el psicólogo al que pedí ayuda: "Tienes que hacer que te vean como lo que eres. Un tío chachi".

    Diecinueve años después me toca acercarme ya a los cincuenta. Hoy he recibido mas felicitaciones que nunca, llamadas de teléfono acordándose de mí, SMS (que yo pensaba que ya ni existían), y las redes sociales, como no, llenas de felicitaciones.

    He pasado el día con mi familia, como debe ser un día de cumpleaños. 

    Me llamáis Boss, Jefe, Win, Compañero, Socio. Palabras a las que no encuentro una forma de responder, tanta gratitud, tanta amistad.

    Dicen que un hombre nunca fracasa si está rodeados de buenos amigos.
    Dicen que las personas no cambian, se desenmascaran.

    Y es cierto. Por que hoy me siento querido, arropado, halagado... 
    Vuestra amistad no tiene precio, vuestra gratitud hacía mí es infinita igual que es la mía hacia todos vosotros.

    Así da gusto cumplir años. Sentirse acompañado es muy reconfortante.



    Muchas gracias a todos por vuestra amistad. Muchas gracias, de todo corazón.
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