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  1. El callejón del lobo

    25 marzo 2015


    Entre las dos casas mas altas del vencindario transcurría un callejon que comunicaba la carretera con la vía del tren. Siempre estaba lleno de maleza, costaba trabajo atravesarlo de un lado a otro, además durante el invierno estaba húmedo y había barro.

    Era ancho al principio, hasta poco antes de la mitad y luego se estrechaba tanto que no cabían dos personas juntas una al lado de la otra, había que pasar en fila con cuidado de no rozarse con sus mugrientas paredes llenas de musgo y telarañas.

    Los que allí jugábamos le teníamos un gran respeto y siempre preferíamos dar un rodeo antes que tener que atravesar el oscuro callejón aún a las horas de mas claridad del día. Nos contaron que allí pasaba las noches un lobo que andaba suelto por el barrio hace muchos años.

    Pero a los niños siempre les puede mas la curiosidad que la cobardía y un día decidimos atravesarlos todos juntos. Durante días trazamos un plan para poder llevar a cabo la travesía y hacer frente al lobo en el caso que estuviera allí.

    Porque como niños que éramos, éramos valientes y decidimos que los mejor era atravesarlo de noche y así poder encontrar al lobo y con suerte matarlo y así ser la envidia y la admiración de todos los mayores.

    Armados con linternas, palos y dos carabinas de aire comprimido (escopetas de plomos) fijamos la fecha para el asalto con mas miedo que ganas, pero ya no había marcha atrás. El día elegido nos vestimos todos con ropa oscura para pasar desapercibidos entre las sombras. La estrategia de la guerra nocturna era que nuestro enemigo -el lobo- no nos descubriera. Aquí surgió la primera gran duda, de noche el enemigo no puede vernos, pero de noche nosotros tampoco podíamos ver al enemigo.

    Con el "canguelo" en el cuerpo llegó la noche y nos reunimos bien alejados del callejón para ir acercándonos poco a poco. La negra noche, sin luna, una noche de primavera donde el calor ya empezaba a notarse.

    No había marcha atrás, éramos hombres y como hombres teníamos que enfretarnos a nuestro destino.

    Sobre las once de la noche un grupo de sombras armadas iban acercándose sigilosamente a la entrada del callejón, despacio, sin prisas, con ganas de llegar pero con ganas de que no llegase. Aquella noche el callejón estaba mas oscuro que nunca, no recuerdo haberlo visto nunca tan negro, como el carbón, no se veía el otro lado.

    Los primeros elegidos tenían que avanzar unos metros, justo hasta donde se estrechaba y desde allí hacer señales con las linternas para que el resto del grupo avanzará hasta su posición. Era muy importante esa avanzadilla, no queríamos bajas en el caso de encontrarnos al lobo.

    Pepe Luis y Antonio "El Toti" empezaron la incursión de mientras los demás nos quedamos a ambos lados de la entrada, aguantando el miedo y con los dientes apretados.

    La avanzadilla había recorrido unos metros cuando de pronto se escuchó un estruendo que rompió el silencio en mil pedazos. Pepe pisó un trozo de uralita que cedió ante su peso, tras el chasquido la voz grave de Toti: "Pepe, eres tonto, no se puede hacer nada contigo, siempre igual".

    Y Pepe se enfadó y salió diciendo que no entraba con Toti. Empezamos a discutir entre nosotros, Pepe Luis estaba fuera, Toti estaba dentro esperando. No había tiempo, mandé callar a todos, y cogiendo la linterna de Pepe Luis avanzé hasta donde estaba Toti. Aquello era horrible, tres metros entre la maleza con un olor insoportable y cada vez mas estrecho.

    Antonio y yo llegamos hasta donde empezaba lo mas estrecho del callejón, y allí avisamos con las linternas al resto. Sabíamos que venían por el ruido, porque no se veía nada allí dentro. Poco a poco unas sombras iban llegando hasta nosotros cuando Antonio empezó a decir en voz baja pero como queriendo gritar: "Quietos, quietos, viene algo, aquí hay algo".

    Había un sonido raro en el fondo, había algo respirando. Estaba el lobo allí esperando para comernos a todos, pero ya no podíamos movernos. Antonio encendió la linterna y poco a poco la fue apuntando a la otra salida, no había nada, no se veía nada.

    El resto del grupo llegó hasta nosotros y ahora si que había llegado la hora del dolor, uno a uno, el lobo se come al primero y al resto le da tiempo escapar.

    Antonio me dió la mano, como despidiéndose y avanzó en silencio. La oscuridad se lo tragó. Cuando calculé que estaba a un metro de mí avancé yo y así lo hicimos todos. Podía escuchar a Antonio avanzar delante y a Pepe Luis detrás de mientras me iba rozando con la pared sintiendo como las telarañas se iban pegando en mi ropa y en mi cabeza.

    De pronto tropece con Antonio, se había quedado quieto y me tapo la boca con su mano. El sonido de antes, la respiración entrecortada. Y cerca, pero cerca de cagarse de miedo. Se escuchaba moverse, como unos pasos, aquello no era humano. El grupo estaba pegado a la pared con las linternas apagadas y casi sin respirar. El miedo se podía cortar.

    El ruido cesó y Antonio dio un paso, yo di otro, Pepe Luis otro y así, como una oruga fuímos avanzando poco a poco.

    No quedaba nada, ahora ya podíamos ver la salida a pocos metros. De pronto se escuchó el lobo. Estaba allí, a la salida, espectante, esperándonos, ya además estaba gruñendo, sabía que íbamos a por él. Un lobo, negro como la misma noche, seguía gruñendo dispuesto a atacar.

    Ya no había marcha atrás, había que llegar hasta el final, Antonio cogió su escopeta y apuntando al frente siguió, yo detrás agarrado a su chaleco para no perderme.

    Un metro para salir, un gruñido mas. Y de pronto, un nuevo ruído. Allí había algo mas que un lobo, había algo grande, muy grande, mas grande que nosotros. Y no se veía nada. Aquello grande estaba junto al lobo, los que estaban detrás estaban pegados a la pared sin mover un pelo, Antonio me tiraba del brazo preguntando que hacer.

    Había que morir, la historia no la escriben los cobardes.

    Antonio, arma en mano, pegó una voz. Bueno, mas bien chilló para asustar al lobo y a lo "otro" y salió a correr, y tras él salimos todos.

    Al llegar al final el lobo se puso a ladrar como un condenado y lo "otro" empezó a rebuznar presa del pánico ya que maniatado no podía escapar de semajantes gañanes que irrumpieron en la paz de la noche.

    El lobo era un pastor alemán que tenía un tal Jamiro, vigilante de las marismas. Y lo "otro", era un burro amarrado que estaba allí tranquilamente pastando.

    Cagarse de miedo, lo que es cagarse de miedo. Para luego reirnos.

    No obstante, el callejón del lobo merecía nuestros respetos y no recuerdo yo que lo atravesáramos otra vez.

    La bronca que nos pegaron nuestras madres al llegar con la ropa llena de telarañas y musgo ya queda para otra noche, que también da para algo de terror.
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